Érase una vez un pueblo a cuyo alcalde se le acercaba peligrosamente el final de su mandato de cuatro años (en realidad, tres y medio). A pocas semanas de la celebración de las elecciones, viendo la televisión, descubre a un famoso deportista que concluye su entrevista con una lapidaria frase: “Vales lo mismo que tu último partido”.

Su situación no pinta demasiado bien. La despreocupación de los casi cuatro años anteriores comienza a pasar factura y no está seguro de que pueda renovar su mandato. Solo tiene que echar un vistazo a su programa electoral para darse cuenta. No hay que ser un lumbrera. Así que, tomando ejemplo del deportista, comienza una frenética actividad con la que de alguna manera pretende engatusar a sus seguidores: parques, caminos, centros, reuniones vecinales… En definitiva, todo aquello que había abandonado los últimos años se convierte en prioritario. Sus jornadas se alargan hasta la extenuación, pues hay que inmortalizar cada reunión, cada inicio, cada pequeña inauguración. «Todo suma», se repite una y otra vez.


Esto se trata tan solo de un pequeño cuento fruto de mi modesta imaginación y nunca, nunca pasaría en nuestro ayuntamiento… Afortunadamente

Aún así percibe que las cosas no van como debieran. En alguna que otra reunión le sacan los colores y cada día le llegan comentarios más intranquilizadores. Llega a la conclusión de que solo con los elevados impuestos que arrebata directamente a sus vecinos no es suficiente, así que aumenta su apuesta y echa mano de fondos extras provenientes de Europa. Decide visitar a varios empresarios para solicitar la realización de más obras que mejoren su deteriorada imagen y le ayuden a conservar su poltrona consistorial. La única condición es que han de estar acabadas antes de las próximas elecciones. Es decir, apenas cuentan con unas semanas, incluso días, para llevar a cabo algo que en condiciones normales, y sin la presión añadida de nuestro protagonista, podría suponer meses.

Solo una de las empresas, pese a las condiciones impuestas, decide aceptar ya que prácticamente ella pone el precio. Es lo que tiene la falta de planificación. Además, no hay problema si no están correctamente realizadas, algo con lo que cuentan dados los plazos impuestos. Tras las elecciones, se vuelven a hacer de nuevo y no hay problema. ¿Para qué queremos los impuestos si no?

Afortunadamente, esto se trata tan solo de un pequeño cuento fruto de mi modesta imaginación y nunca, nunca pasaría en nuestro ayuntamiento… Afortunadamente.

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