Supongo que todos ustedes conocerán esa magnífica canción de Joan Manuel Serrat llamada Aquellas pequeñas cosas. En política municipal, «aquellas pequeñas cosas» son esas pequeñas y medianas gestiones, obras, servicios, etc. que mejoran la vida cotidiana del ciudadano y le hacen pensar que sus impuestos están correctamente gestionados. Para que el ciudadano perciba «aquellas pequeñas cosas» es fundamental que la maquinaria de un ayuntamiento esté perfectamente engrasada y que el equipo de gobierno tenga acreditadas dotes de gestión. Es posible que nuestro alcalde tenga mucha confianza en sus capacidades para la gestión pública, pero quizá debería de reflexionar sobre si esa percepción se corresponde con la realidad.

Hagamos un símil. Yo me considero muy buen conductor, pero nunca se me ocurriría ponerme al volante del coche de Cohete Suárez a 140 km./h por las caleyas del concejo. Nos referimos a detalles tan supuestamente pequeños, pero a la vez tan importantes. Por ejemplo, que esa acera de La Avenida por la que pasa todos los días, no tenga baldosas rotas; que ese parque en la zona del Valle en el que juegan sus hijos, no tenga a un par de metros huecos de alcantarilla sin tapar; que esa calle de La Fontana en la que vive usted, no lleve años con baches y pendiente de volver a asfaltar; que el gimnasio de Agones al que acudía con frecuencia, funcione correctamente; que a esa carretera por la que va a trabajar a LINPAC, no tenga tramos peligrosos; que la calle por la que llega a su casa desde la estación de noche después de trabajar, esté bien iluminada y no le haga sentir miedo; que ese parque al que acude su padre o su abuelo, tenga bancos limpios y en buen estado; que pueda aparcar en la villa sin dar mil vueltas cada vez que tiene que ir al banco o a la farmacia. Y así un largo etcétera.


Se gobierna nuestra villa de la misma manera que se reparan sus calles: sin planificación, demasiado tarde y  con parches

En este sentido, el ayuntamiento praviano sigue, después de varias legislaturas de administración socialista, con la misma actitud pasiva, esperando a que desde cualquier partido de la oposición, desde alguna asociación vecinal o desde las redes sociales, llegue alguna queja, alguna recogida de firmas o alguna denuncia para actuar. Hasta ese momento nada se planifica, nada se presupuesta, nada se hace. Ahora, con las elecciones a la vuelta de la esquina, como los malos alumnos que estudian el día antes, empezamos a ver algunas vallas de obra. Para ser exactos, vallas con propaganda de una conocida marca de cerveza. Debe de ser Pravia el único municipio español que permite el uso de vallas de propaganda para proteger y señalizar sus obras. De hecho, cuando se ve, no se sabe si va a comenzar una obra o una fiesta de prao. Se duda entre si protegen una zanja o al camión de la Orquesta Panorama.

Se gobierna nuestra villa de la misma manera que se reparan sus calles: sin planificación, demasiado tarde y  con parches. Un alcalde debe de anteponerse a los problemas de su municipio o, al menos, actuar con rapidez y decisión para que su duración sea lo más corta posible.
Es muy cómico ver al alcalde con el disfraz de visitar obras, ahora que quedan apenas unas semanas para volver a presentarse al cargo. Quizá debería de saber que los vecinos empiezan a mofarse de esa nueva costumbre suya. Visitar obras disfrazado de currante cuando llegan las elecciones es un truco tan viejo que recuerda a esos alcaldes de película de Berlanga. Al menos, en aquellas películas, nos reíamos con los brillantes diálogos. Pero, en este caso, la gente comienza a tomarse a risa directamente al propio actor.

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